Un año más el día 1 de septiembre comenzamos el Tiempo de la Creación. El Mensaje del Papa León XIV [1] nos invita a ser conscientes de que la conversión ecológica comienza en el corazón de cada persona.
Hablar del cuidado de la creación es hablar también de la dignidad humana, de la paz y de la manera en que nos relacionamos con los demás. La crisis ecológica no puede entenderse como un problema aislado, limitado a la contaminación, la pérdida de biodiversidad, a los incendios, los terremotos, los reventones térmicos… que metemos en el concepto del cambio climático, y así parece que todo es “normal”. Pero detrás de las muchas heridas de la Tierra, aparecen heridas más profundas: la indiferencia, la ambición desmedida, la violencia y la ruptura de las relaciones sanas, etc.
Por eso, toda transformación auténtica comienza en el interior de la persona. La conversión ecológica, insistimos, no consiste únicamente en reciclar, ahorrar agua o reducir el consumo. Es un cambio de mirada y de corazón que nos lleva a reconocer que la creación es un don, que cada ser humano posee una dignidad inviolable y que nuestras decisiones tienen consecuencias sobre los más vulnerables.
Las guerras y la destrucción ecológica de la Tierra son una misma herida, ya que la guerra destruye mucho más que edificios y fronteras. Arrasa vidas, separa familias, obliga a millones de personas a abandonar sus hogares y deja heridas que se transmitirán, lamentablemente durante generaciones. Pero sus consecuencias también alcanzan directamente a la naturaleza. La violencia rompe, al mismo tiempo, el equilibrio de la creación y las posibilidades de una vida digna. Esta relación entre guerra y ecología genera círculos difíciles de romper. La destrucción ambiental provoca pobreza, desplazamientos y enfermedades; la pobreza y la desesperanza, a su vez, pueden alimentar nuevos conflictos. Por eso, defender la paz también significa proteger el agua, los alimentos, los bosques y todos los bienes que sostienen la vida.
No existen dos crisis completamente separadas, una humana y otra ambiental. Existe una única crisis socioambiental que exige una respuesta integral, basada en la solidaridad y la responsabilidad compartida.
La Escritura recuerda: “Por encima de todo, vigila tu corazón, porque de él brota la vida” (Pr 4,23). Esta enseñanza ilumina profundamente la relación entre la conversión interior y el cuidado de la creación, tal como nos recuerda el Movimiento Laudato Si´.
Cuando el corazón humano se llena de egoísmo, desprecio o indiferencia, esas actitudes terminan reflejándose en la sociedad y en el entorno. Los “desiertos exteriores” —la contaminación, la violencia, la explotación y la exclusión— suelen expresar la existencia de “desiertos interiores” La degradación del planeta revela, en muchos casos, una relación rota con Dios, con los demás y con nosotros mismos.
Benedicto XVI señaló que los desiertos exteriores se multiplican porque los desiertos interiores se han vuelto muy extensos. Francisco, especialmente en Laudato Si’, insistió en que no es posible sanar la relación con la naturaleza sin transformar las relaciones humanas y la vida espiritual. La raíz del problema no se encuentra únicamente en leyes insuficientes o estructuras injustas. También está en una cultura que convierte todo en objeto de uso, incluso a las personas y a la propia Tierra. Cuidar el corazón significa revisar nuestros deseos, hábitos y prioridades. Significa preguntarnos qué tipo de mundo estamos construyendo con nuestras decisiones cotidianas. También implica recuperar el asombro, la gratitud y la capacidad de reconocer límites. Allí comienza una verdadera conversión.
El cambio empieza en cada persona, pero no termina en ella. Una decisión responsable puede inspirar a una familia; una familia comprometida puede transformar una comunidad; una comunidad solidaria puede impulsar cambios sociales y políticos. Así, la conversión interior se convierte en una fuerza capaz de renovar las estructuras.
Cuidar el corazón, cultivar relaciones sanas y proteger la creación son tres dimensiones de una misma misión. Cuando aprendemos a vivir desde la justicia, la misericordia y el amor, comenzamos a sanar los desiertos interiores y exteriores. Entonces la paz deja de ser un ideal lejano y se convierte en una tarea cotidiana, humilde y posible.
La conversión ecológica también es un camino de paz. La paz no se alcanza solamente mediante acuerdos políticos, aunque estos sean necesarios. Tampoco se construye acumulando armas o imponiendo la voluntad de los más fuertes. La paz requiere una transformación profunda de las personas y de las comunidades.
En Laudato si’, 217, se recuerda que esta conversión implica dejar que broten las consecuencias del encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo. No se trata de una emoción pasajera, sino de un compromiso concreto. Quien reconoce la creación como un don no puede permanecer indiferente ante su destrucción. Quien descubre el rostro de Dios en los pobres no puede aceptar que los recursos se destinen prioritariamente a la guerra mientras millones carecen de alimento, vivienda o atención sanitaria.
La conversión ecológica exige redirigir los recursos de la destrucción hacia la vida. El dinero empleado en armas debería usarse para fortalecer la educación, la ayuda humanitaria, la agricultura sostenible, la protección de los ecosistemas y la atención a las comunidades más vulnerables. Transformar espadas en arados es una imagen profética, pero también una tarea urgente.
Todas las personas tenemos la responsabilidad de proteger tres ecosistemas inseparables. El primero es la creación, con sus ríos, montañas, mares, animales y plantas. El segundo está formado por las relaciones comunitarias, donde se construyen la confianza, la cooperación y la justicia. El tercero es el espíritu humano, ese espacio interior en el que nacen las decisiones, los deseos y la capacidad de amar.
Si uno de estos ecosistemas se deteriora, los otros también sufren. La destrucción de la naturaleza afecta especialmente a las comunidades pobres. Las relaciones marcadas por la violencia producen daños psicológicos y sociales. Un espíritu vacío o dominado por el egoísmo termina justificando la explotación y la indiferencia.
Durante este Tiempo de la Creación, que ahora comenzamos, esta visión integral adquiere un significado especial. Es una oportunidad para agradecer el don de la vida, reconocer nuestras responsabilidades y adoptar compromisos concretos. Cuidar la creación puede expresarse en gestos sencillos: reducir el desperdicio, consumir de manera responsable, proteger los espacios naturales, apoyar iniciativas solidarias y educar a las nuevas generaciones en el respeto por la casa común. Sin embargo, estos gestos alcanzan toda su fuerza cuando nacen de una transformación interior. No se trata solo de cambiar hábitos, sino de aprender a vivir con mayor sencillez, gratitud y solidaridad.
Por eso invitamos a todas las personas que se sensibilicen con la situación actual, no solo local, nacional, sino con todo el Planeta. Y hagamos gestos cotidianos- extra, u oremos[2] durante este Tiempo de la Creación, para seguir siendo corresponsables con el Dios de la VIDA.
¿Qué está brotando de mi corazón hacia el mundo?
¿Cuidado o indiferencia?
¿Esperanza o desaliento?
¿Un deseo de justicia, paz y comunión?
Mercedes Álvarez- Equipo JPIC
[1] https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/messages/creation/documents/20260815-messaggio-giornata-curacreato.html?utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_term=2026-08-23&utm_campaign=El+Papa+Le%C3%B3n+XI+te+invita+a+comenzar+el+Tiempo+de+la+Creaci%C3%B3n+con+contemplaci%C3%B3n+conversi%C3%B3n+y+corazones+renovados
[2] https://laudatosimovement.org/es/reza/