Entrevista a Joaquín Ferrando, párroco de Nuestra Señora de Fátima (Vistabella, Murcia)
Querido Joaquín, las parroquias hoy se enfrentan a realidades muy complejas: vivienda, empleo, inmigración… pero en el barrio murciano de Vistabella habéis decidido atender a una de las realidades más duras: el sinhogarismo y el chabolismo. ¿Cómo nace esta inquietud en la comunidad parroquial?
Al inicio de mi misión pastoral en la Parroquia de Ntra. Sra. de Fátima, en una asamblea sinodal, detectamos varias problemáticas. A raíz de ello, desde Cáritas parroquial, pusimos en marcha proyectos de Acogida, Empleo, una Escuelita para niños en riesgo de exclusión, un programa para mayores en soledad y clases de español. Pero el verdadero «clic» ocurrió a través de la trabajadora social de Cáritas diocesana del equipo de sinhogarismo. Ella nos pidió dar clases de castellano a un grupo de senegaleses y nos alertó de la cercanía de un asentamiento chabolista. Sentimos la necesidad de bajar a esa tremenda realidad, conocerla de cerca y escuchar los dramas humanos de personas en condiciones realmente indignas. De ese impacto nació el proyecto «El pozo de Sicar».

El proyecto se centra en el poblado chabolista de La Fica. Quienes viven en Murcia o pasan cerca muchas veces ni lo notan. ¿Cómo es ese lugar y quiénes lo habitan?
Es una realidad invisible. El asentamiento está apartado, junto al ruido de una carretera donde nadie se detiene, entre vallas publicitarias y huertos abandonados, cerca del cauce del río Segura. Para llegar allí hay que caminar, descender, estar dispuesto a ensuciarse y no tener miedo a remangarse. Es el rostro de una pobreza cronificada. Son familias de etnia gitana o de origen inmigrante diverso con una total carencia de infraestructuras básicas: sin agua potable, luz, alcantarillado ni pavimentación.
A nivel social y económico, ¿cuál es el perfil de las personas que podemos encontrar allí?
Nos encontramos con factores de exclusión muy severos. Tienen nula cualificación profesional y sufren un desempleo estructural que los aboca a actividades marginales como la recogida de chatarra, cartón o trabajos temporales en la fruta. Además, sufren un empobrecimiento económico severo; al no poder empadronarse, muchos no tienen acceso a prestaciones mínimas. A esto se le suma el analfabetismo, el desconocimiento del idioma y graves problemas de salud mental o adicciones crónicas derivadas de las precarias condiciones de vida. Su situación jurídica es complejísima.
El nombre del proyecto, «El pozo de Sicar», evoca inmediatamente un pasaje del Evangelio de San Juan. ¿Por qué el agua es el eje central de esta iniciativa
El agua es la base de la vida y de la libertad. El Papa Francisco en Laudato si’ afirma que el agua potable es un derecho fundamental, y que, sin ella, cualquier otra reclamación de derechos es un brindis al sol. Que haya personas privadas de agua es una injusticia intolerable. En la Biblia, el pozo es un lugar de encuentro, y el agua simboliza vida nueva. Recordamos el pasaje de la mujer samaritana: ella estaba marginada, era despreciada y Jesús salió a su encuentro, la escuchó y le devolvió la dignidad. Eso queremos hacer nosotros: ofrecer agua física y «agua viva» que nutra, sacie y limpie.
¿En qué consiste, de forma concreta, la intervención que realizáis en la comunidad, en vuestra sede parroquial?
El proyecto gira en torno a cubrir la necesidad del agua y la higiene. Estamos reformando los baños de la parroquia —las obras ya están en marcha— para habilitar un servicio de duchas, así como una habitación para el lavado y secado de ropa y toallas. También les facilitaremos desayunos, productos de higiene y, sobre todo, un espacio de primera acogida y acompañamiento integral.

Foto del Consejo Parroquial
Tradicionalmente, la asistencia a personas sin hogar ha pecado a veces de ser meramente asistencialista. ¿Cómo rompe «El pozo de Sicar» con este esquema?
Nuestra metodología se basa en la sinodalidad y en situar a la persona como protagonista de su propio proceso. No queremos generar dependencias. Buscamos el empoderamiento y el trabajo en clave de derechos: que tomen conciencia de su situación y adquieran habilidades para alcanzar una vida autónoma. Para ello, realizamos visitas semanales in situ al asentamiento, diseñamos itinerarios individualizados de inclusión y ofrecemos clases de español, coordinándonos estrechamente con los técnicos especialistas en sinhogarismo de Cáritas diocesana. Hacemos difusión de la campaña de Personas Sin Hogar entre la comunidad cristiana y la sociedad en general, entre otras muchas acciones.
Detrás de esto hay un marco social y político. Los datos de la Región de Murcia reflejan que la tasa de pobreza (AROPE) alcanza al 32,4% de la población. ¿Qué hace falta desde las instituciones públicas?
Hace falta una estrategia específica y real de lucha contra la exclusión residencial basada en el Derecho Humano a la vivienda, con dotación presupuestaria adecuada. El Plan Estatal de Acceso a la Vivienda existe, pero en nuestra Comunidad Autónoma requiere de un mayor desarrollo para que sea una oportunidad real para erradicar las infraviviendas.
Sabemos que es un proyecto de gran envergadura, diseñado desde el empoderamiento de los destinatarios, con toda una fundamentación ya no solo desde las fuentes bíblicas, la doctrina social de la Iglesia, y desde los derechos humanos, con una reivindicación política y objetivos claro, por eso, querido Joaquin, ¿cuál es el sueño o la meta final de este proyecto?
Nuestro horizonte ideal y por el que optamos es el desmantelamiento del asentamiento y la erradicación del chabolismo mediante el realojo digno de estas familias. Mientras las administraciones lo consiguen, nuestra acción busca garantizar sus derechos mínimos y su dignidad. De momento, el Consejo de Pastoral Parroquial aprobó el proyecto por unanimidad, y contamos con el apoyo de la Fundación La Caixa y Cáritas diocesana. Todo esto nos alienta a seguir apostando por su puesta en marcha, atentos a lo que el Espíritu nos vaya indicando para hacer posibles encuentros reparadores y humanos en nuestro propio pozo de Sicar.
Desde JPIC Vedruna, os deseamos que la Ruah os siga guiando y contar con nuestro apoyo. ¡Muchas gracias!
¡Gracias a vosotras!
Joaquín Ferrando (Kini, para los amigos), es párroco cartagenero en el barrio murciano de Vistabella. Lleva pocos años en esta parroquia, pero ya va respondiendo a los retos de afrontar algunas problemáticas que, en asamblea sinodal, se fueron detectando, al inicio de su misión pastoral en Ntra. Sra. de Fátima y que ha comportado la creación de varios programas de pastoral evangelizadora y catequética así como proyectos ya puestos en marcha, desde Cáritas parroquial: Acogida; Empleo; Escuelita para chicas y chicos en riesgo de exclusión; Un programa para mayores en soledad no deseada y Español para inmigrantes.
Acompaña el sufrimiento y el tránsito de muchos enfermos en el Hospital Reina Sofía de la ciudad de Murcia.
Así mismo desde la sede de la parroquia promueve eventos de tipo educativo y cultural: conciertos, conferencias, mesas redondas sobre temas de frontera y de actualidad en el intento de poner en diálogo fe y cultura.
La Comunidad Vedruna, le conocemos desde hace muchos años, por su labor en Cartagena, en la Parroquia de San Diego. Ha formado parte, durante varios años, del equipo de pastoral del Colegio de Cartagena, ha colaborado con la Comunidad de Laicas Vedruna, en su formación, así como con las hermanas de La Unión y de Cartagena.
Músico y escritor (tiene publicado dos discos de su autoría en la Editorial San Pablo titulados “Heridas” y “En un portal”) está presentando por toda España (ha estado en la Feria del Libro en Madrid, en la caseta de la editorial San Pablo), su último libro: Los sonidos del desierto (2026).
Otras publicaciones son: La Koinonía. Como fundamento de una “nueva relación” en la Iglesia (2024) y Diálogos con mi dueño (2017) …Para saber más sobre él.
