La hospitalidad es mucho más que abrir una puerta o compartir un plato de comida. Es un gesto que transforma, un lenguaje silencioso que habla de confianza, ternura y comunión. Desde tiempos antiguos, la humanidad ha reconocido que acoger al otro es abrirse a la vida misma. En la Biblia, la hospitalidad aparece como un signo de fe y como un camino para descubrir la presencia de Dios en lo cotidiano.

Cada vez que alguien ofrece un lugar de descanso, un espacio de escucha o un gesto de cercanía, se convierte en reflejo del amor divino. Abraham, al recibir a los caminantes en Mambré, no solo abrió su tienda: abrió su corazón y, en ese gesto, recibió la promesa de Dios. Jesús, al compartir la mesa con pecadores y discípulos, mostró que la verdadera hospitalidad es derribar barreras y crear fraternidad.

  1. FUNDAMENTO BÍBLICO DE LA HOSPITALIDAD

La hospitalidad es un valor profundamente arraigado en la Sagrada Escritura. Desde el Antiguo Testamento hasta el Nuevo, se presenta como signo de apertura, acogida y comunión.

Antiguo Testamento

  1. Abraham recibe a los tres caminantes en Mambré y les ofrece descanso y alimento (Gn 18,1-8). Abraham sentado a la entrada de su tienda, en el calor del día. Allí aparecen tres caminantes desconocidos. Sin saber quiénes eran, Abraham se levanta con prontitud, corre hacia ellos y se postra en señal de respeto. Les ofrece agua para refrescarse, descanso bajo el árbol y un banquete preparado con lo mejor que tenía en casa.

Este gesto sencillo y generoso que se convierte en un paradigma de hospitalidad bíblica:

  • Disponibilidad inmediata: Abraham no espera a que los caminantes pidan ayuda; él mismo se adelanta, mostrando que la hospitalidad nace de un corazón atento y vigilante.
  • Acogida integral: no se limita a dar lo mínimo, sino que ofrece descanso, ayuda, pan, carne y compañía. La hospitalidad bíblica es abundancia, no cálculo.
  • Apertura al misterio: en esos caminantes se revela la presencia de Dios. La tradición cristiana ha visto en ellos una prefiguración de la Trinidad. Así, acoger al desconocido es abrirse a la visita divina.
  • La tienda abierta: Abraham abre su tienda y su mesa, pero sobre todo abre su corazón. La hospitalidad no es solo un acto externo, sino una actitud interior de apertura y comunión.

Este episodio nos recuerda que la hospitalidad transforma tanto al huésped como al anfitrión. Abraham recibe a tres caminantes y, en ese gesto, recibe la promesa de un hijo y la confirmación de la alianza. La hospitalidad, entonces, no es solo dar: es también recibir la bendición de Dios que se manifiesta en el otro desconocido.

  1. El mandato del Éxodo 22, 21. “No maltratarás ni oprimirás al extranjero, porque extranjeros fuisteis en Egipto”, es una expresión muy clara de cómo la hospitalidad se fundamenta en la memoria histórica del pueblo de Israel.

Israel sabe lo que significa ser extranjero, vivir en tierra ajena, depender de la acogida de otros. La experiencia de la esclavitud en Egipto marcó profundamente su identidad, y por eso la ley insiste en que el pueblo no debe repetir con otros lo que ellos mismos padecieron.

Este precepto revela varias dimensiones esenciales de la hospitalidad:

  • Memoria agradecida: recordar la propia historia de fragilidad y dependencia. La hospitalidad nace de la conciencia de que todos, en algún momento, hemos necesitado ser acogidos y acogidas.
  • Justicia y compasión: la Ley no se limita a recomendar cortesía, sino que exige un trato justo y humano hacia el extranjero, el huérfano y la viuda. La hospitalidad se convierte en un acto de justicia social.
  • Solidaridad universal: el extranjero no es un enemigo ni una amenaza, sino un hermano y hermana que merece respeto y cuidado. La hospitalidad rompe fronteras y crea comunidad.
  • La hospitalidad como memoria viva: acoger al otro es mantener viva la memoria de la propia vulnerabilidad y reconocer que la tierra y la vida son dones de Dios.

 Nuevo Testamento

Jesús mismo se presenta como huésped y anfitrión: se deja acoger en casas, comparte mesa con pecadores y discípulos, y en la Última Cena se convierte en el anfitrión que entrega su vida.

  1. La carta a los hebreos (13,2) nos recuerda: “No olvidéis la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”. Esta exhortación conecta directamente con la tradición bíblica de la acogida y nos invita a vivirla como un acto de fe y apertura al misterio de Dios.

Dimensiones de esta enseñanza

  • Hospitalidad como memoria viva: el texto evoca la experiencia de Abraham en Mambré (Gn 18), donde al acoger a tres caminantes, en realidad estaba recibiendo la visita de Dios. La hospitalidad abre la puerta a lo inesperado.
  • El valor de lo cotidiano: acoger al otro puede parecer un gesto sencillo, pero la carta nos recuerda que en lo ordinario puede esconderse lo extraordinario. El huésped puede ser portador de la presencia divina.
  • Hospitalidad como discernimiento: no siempre reconocemos quién llega a nuestra vida. La exhortación nos invita a acoger sin condiciones, porque en cada persona puede revelarse un “ángel”, un mensajero de Dios.
  • La hospitalidad como mandato permanente: “no olvidéis” indica que la hospitalidad no es un gesto ocasional, sino un estilo de vida constante en la comunidad cristiana.
  1. La comunidad cristiana primitiva y la apertura de sus casas. La comunidad cristiana de los primeros tiempos se distinguía por una vivencia sencilla y auténtica de la fe. Sus casas no eran únicamente espacios privados, sino verdaderos lugares de encuentro con Dios y con los hermanos. En ellas se celebraba la oración, se compartía el pan y se fortalecían los lazos de fraternidad.
  • Oración constante: Las casas se convertían en pequeños templos domésticos donde los creyentes se reunían para alabar a Dios, escuchar la enseñanza de los apóstoles y perseverar en la fe. La oración era el centro de la vida comunitaria y sostenía la esperanza en medio de las dificultades.
  • Fraternidad viva: La convivencia diaria generaba un ambiente de confianza y apoyo mutuo. No se trataba solo de reuniones formales, sino de una vida compartida en la que cada miembro se sentía parte de una gran familia. La fraternidad se expresaba en gestos concretos de solidaridad y en la alegría de estar juntos.
  • Acogida de los más necesitados: Las casas abiertas eran signo de hospitalidad y caridad. Los pobres, los enfermos y los marginados encontraban allí un lugar seguro y fraterno. La comunidad no se cerraba en sí misma, sino que se abría a quienes más sufrían, reflejando el amor de Cristo.

Este estilo de vida, descrito en Hechos 2,46, muestra cómo la fe cristiana se encarnaba en lo cotidiano. La apertura de las casas era una expresión visible de la apertura del corazón: un testimonio que atraía a otros y hacía crecer la comunidad.

La comunidad cristiana primitiva nos recuerda que la verdadera Iglesia comienza en lo sencillo: en la mesa compartida, en la oración en común y en la acogida generosa.

La hospitalidad bíblica nos recuerda que la vida germina y se suida. Como señala el Documento Capitular “Nacer de nuevo” (NdN), “no hay crecimiento sin poda” (Jn15,1-2). Así también la hospitalidad requiere discernimiento: dejar atrás actividades de indiferencia o miedo para florecer en apertura y comunión. Acoger al otro es permitir que el Espíritu nos renueve y nos haga nacer de nuevo en relaciones más humanas y fraternas.

  1. LA NECESIDAD DE SER HOSPITALARIOS HOY

La hospitalidad, entendida en clave cristiana, no se reduce a un gesto externo de abrir la puerta de la casa, sino que implica una actitud interior de apertura y disponibilidad. Es abrir la vida, el tiempo y el corazón para que el otro encuentre un lugar donde ser reconocido y amado.

En el contexto actual, marcado por la prisa, la indiferencia y la exclusión, la hospitalidad se convierte en un signo contracultural y profético. Frente a un mundo que muchas veces levanta muros y fronteras, el discípulo de Cristo está llamado a levantar mesas y espacios de encuentro.

El Documento Capitular nos recuerda que estamos llamadas a vivir en minoridad evangélica: situarnos desde lo pequeño, lo frágil, lo vulnerable, para descubrir allí la fuerza del Reino. La hospitalidad se convierte en un modo concreto de vivir esa minoridad: abrirnos a los más pobres, a los descartados, a los que no cuentan, reconociendo que en ellos se manifiesta la vida de Dios.

  • Reconocer la dignidad de cada persona: La hospitalidad comienza con la mirada. Ver en cada ser humano la imagen de Dios nos lleva a tratarlo con respeto y ternura, independientemente de su origen, condición social o creencias.
  • Crear espacios de encuentro donde nadie se sienta extraño: La comunidad cristiana está llamada a ser un hogar abierto, donde todos puedan sentirse parte. La hospitalidad no es solo recibir, sino integrar, hacer que el otro se sienta en casa.
  • Romper barreras de miedo, prejuicio o indiferencia: La verdadera hospitalidad exige valentía. Supone superar las resistencias interiores y los estereotipos que nos alejan de los demás. Es tender puentes en lugar de levantar muros.
  • Vivir la solidaridad como expresión concreta del Evangelio: La hospitalidad se traduce en gestos concretos de ayuda, acompañamiento y servicio. No basta con palabras; se requiere acción que transforme la vida del otro y la nuestra.

En este sentido, la hospitalidad se convierte en un acto profético. Acoger al otro es acoger a Cristo mismo, como recuerda el Evangelio: “Fui forastero y me hospedasteis” (Mt 25,35). Cada gesto de apertura y acogida es una proclamación silenciosa pero poderosa de la presencia de Dios en medio del mundo.

Ser hospitalarios hoy es un desafío y una oportunidad: desafío porque exige ir contra la corriente de la indiferencia, y oportunidad porque nos permite hacer visible el amor de Dios en lo cotidiano.

Además, la hospitalidad hoy debe ser integral y ecológica. No se trata solo de acoger personas, sino de acoger la creación entera como don. El cuidado de la tierra, de los animales, de los recursos naturales es también hospitalidad: reconocer que compartimos la casa común y que estamos llamadas a cuidarla con ternura y responsabilidad.

  1. HOSPITALIDAD DESDE NUESTRO SER VEDRUNA

La espiritualidad Vedruna, inspirada por Joaquina de Vedruna, nos invita a vivir la hospitalidad como parte de nuestra vida y misión. No se trata únicamente de abrir las puertas de nuestras casas o comunidades, sino de abrir el corazón y la vida para acoger al otros en su totalidad.

Tiene una dimensión espiritual: La hospitalidad Vedruna nace de la experiencia de Dios como Padre/Madre y Dios Trinidad que acoge sin condiciones. Joaquina de Vedruna entendió que la fe se hace concreta en gentos sencillos de cercanía, ternura y servicio. Acoger al otro es reconocer en él la presencia de Cristo, especialmente en los más vulnerables.

Una dimensión comunitaria: La comunidad Vedruna se convierte en espacio de encuentro, donde cada persona se siente reconocida y valorada. La hospitalidad se expresa en la capacidad de escuchar, acompañar y compartir la vida cotidiana. Se busca crear ambientes inclusivos, donde nadie quede excluido por su origen, condición social o situación vital.

La dimensión misionera: La hospitalidad no se limita a lo interno, sino que se proyecta hacia la sociedad. Ser hospitalarios significa tender puentes, derribar muros y abrir caminos de diálogo y reconciliación. La misión Vedruna se concreta en la Educación, la salud y la acción social, ámbitos donde la acogida se hace servicio transformador.

Y una dimensión ética y profética: En un mundo marcado por la indiferencia y la exclusión, la hospitalidad Vedruna es un signo profético. Implica denunciar las estructuras que generan marginación y trabajar por una sociedad más justa. La hospitalidad se convierte en compromiso: no basta con recibir, es necesario acompañar procesos de dignificación y liberación.

El Documento Capitular “Nacer de nuevo” (NdN) nos invita a vivir el arte del encuentro: relaciones sanas y sanadoras que nos hagan crecer como seres humanos y como comunidades. La hospitalidad Vedruna es precisamente ese arte: crear espacios donde la vida se comparte, se cuida y florece.

Conclusión

La hospitalidad no es un gesto pasajero ni una cortesía superficial: es un estilo de vida que nos conecta con lo más profundo del Evangelio. Acoger al otro es abrir la puerta a Dios mismo, es dejar que la ternura transforme nuestras relaciones y que la comunión se haga visible en lo cotidiano.

En un mundo que tantas veces levanta muros de indiferencia, miedo o exclusión, la hospitalidad se convierte en un acto profético y liberador. Cada mesa compartida, cada escucha sincera, cada gesto de acogida es semilla de fraternidad y anuncio de un Reino donde nadie queda fuera.

La espiritualidad Vedruna nos recuerda que la hospitalidad es compromiso y misión: abrir la vida, la comunidad y la sociedad para que todos encuentren un lugar donde ser reconocidos y amados. Ser hospitalarios es hacer presente el amor de Dios en lo concreto, en lo sencillo, en lo humano.

Que nuestra vida, como la de Abraham, como la de las primeras comunidades cristianas, como la de Joaquina de Vedruna, sea una tienda abierta, un hogar donde el otro siempre encuentre descanso, compañía y esperanza. Porque al acoger al forastero, al vulnerable, al hermano, acogemos al mismo Cristo que sigue llamando a nuestra puerta.

Inma Gala, ccv