El pasado 30 de julio, cerca de 80.000 personas cruzaron a nado o rodeando el espigón fronterizo desde Marruecos hasta Ceuta, en el mayor episodio migratorio registrado en la Frontera Sur en años. Al menos 141 personas murieron ahogadas intentando entre los días 30 y 31 de julio. La magnitud del suceso desbordó por completo la capacidad de la ciudad de Ceuta y de las personas que trabajamos en el terreno: todos los recursos de acogida se vieron saturados, lo que provocó que miles de personas se vieran en situación de calle, sin ninguna alternativa donde poder refugiarse y protegerse de los riesgos que esa misma situación conlleva. Una vez más, la vida de miles de personas migrantes y refugiadas fue usada como moneda de cambio, dejándonos una crisis humanitaria sin igual en Ceuta.
En las semanas siguientes, la mayor parte de quienes entraron regresaron a Marruecos. No obstante, más de un mes después miles de personas continúan en Ceuta sin alojamiento ni acogida digna, distribuidas en distintos puntos de la ciudad: la Playa del Trampolín, la explanada del Guano, los alrededores del CETI, el barrio de Sidi Embarek, El Príncipe y diversos puntos del extrarradio, donde malviven en condiciones de desamparo y desprotección desde hace ya más de cuarenta días. Algunas asociaciones vecinales, formadas por personas voluntarias, vecinos y vecinas de Ceuta, decidieron habilitar recursos propios para ofrecer una acogida temporal en espacios improvisados, pero no son suficientes ni pueden responder por sí solas a las necesidades y vulnerabilidades de todas estas personas.
Es en este contexto, ya prolongado en el tiempo, donde la Comunidad Vedruna, a través de la Asociación Elín, llevan semanas trabajando, acompañando y acogiendo a personas que siguen siendo víctimas de una situación que se agrava cada día que pasa. Más de 6.000 personas continúan hoy en situación de calle en Ceuta, sin un techo, sin respuestas y sin saber qué será de ellas.
Ante la magnitud del suceso, la respuesta institucional no ha estado a la altura de lo que Ceuta está viviendo: el Ejecutivo local alega no disponer de competencias ni de recursos suficientes para dar una respuesta completa, mientras que la actuación del Gobierno central tampoco ha resultado proporcional a la gravedad de la crisis. Ese desajuste entre la magnitud de lo vivido sobre el terreno y la respuesta institucional articulada desde las administraciones ayuda a entender por qué, semana tras semana, miles de personas continúan sin una solución de alojamiento digna.
La realidad que enfrentan estas personas es de una precariedad extrema. Duermen al raso, expuestas al sol, al viento y, según avanza el otoño, al frío y a la lluvia, sin más abrigo que el que ellas mismas pueden improvisar. El acceso a agua potable, a alimentos suficientes y a un mínimo de higiene es limitado, lo que agrava enfermedades y facilita su propagación entre personas ya debilitadas por el viaje y por semanas de incertidumbre. Muchas arrastran heridas físicas y psicológicas de trayectos migratorios marcados por la violencia y la pérdida, y no encuentran en Ceuta el espacio de descanso ni la atención sanitaria y psicosocial que necesitarían para empezar a recuperarse de un trayecto y una situación que, en muchos casos, ya han dejado secuelas irreparables.
Entre ellas, las mujeres y las niñas afrontan una vulnerabilidad especialmente grave. Más de 800 mujeres, muchas de ellas huyendo de contextos de violencia machista e intrafamiliar, siguen hoy en situación de calle, en desprotección y en la incertidumbre de no saber qué será de ellas. Grupos de decenas de mujeres con niños pequeños han pasado más de un mes durmiendo a la intemperie cerca del CETI, en la playa del Trampolín o en las Naves del Tarajal, sin alojamiento ni asistencia, y han llegado a ser desalojadas por los militares de los espacios improvisados donde buscaban refugio. En este contexto de desamparo prolongado se han dado también casos de agresiones y violencia sexual, consecuencia directa del abandono institucional y de la ausencia de una respuesta coordinada frente a la situación de estas personas. Son realidades que hablan de cuerpos y vidas concretas, no de simples estadísticas, y que exigen una respuesta de protección inmediata.
Los niños y las niñas, por su parte, crecen estos días sin la estabilidad ni el cuidado que su condición requiere. Más de 1.000 menores continúan hoy en situación de calle en Ceuta, muchos de ellos no acompañados y especialmente expuestos: tras más de cuarenta días, todavía esperan ser derivados a un recurso de acogida adecuado que, más de un mes después, sigue sin habilitarse, sin la protección específica que las leyes españolas e internacionales les reconocen como menores. Son mil vidas en vilo, sin saber cuándo ni cómo se resolverá su situación.
A esta precariedad material se suma, con frecuencia, el racismo, el rechazo y la indiferencia de una gran parte de la sociedad, que mira estas situaciones con recelo o las invisibiliza, agravando el desamparo de quienes ya lo han perdido casi todo. La falta de un relato compartido de acogida, y el discurso público, mediático e institucional en torno a la “invasión” que criminaliza o deshumaniza a estas personas, añade una herida más: la del rechazo de la propia comunidad que debería sostenerlas.
Como Iglesia y como Pueblo de Dios, no podemos mirar hacia otro lado ante esta realidad. La parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37) nos recuerda que el amor al prójimo no admite condiciones: ni fronteras, ni diferencias culturales, ni prejuicios, ni cálculos de conveniencia personal. Jesús nos propone una actitud de compasión activa, que se acerca al que sufre en la cuneta del camino, se hace cargo de su realidad concreta y le ofrece ayuda tangible desde una postura de igualdad y hospitalidad, no de superioridad ni de caridad distante.
El pasaje de Mateo 25, 31-46 lleva esta llamada todavía más lejos: Jesús se identifica de manera radical con quienes sufren, con el hambriento, el sediento, el enfermo, el migrante. Cada persona que hoy duerme en las calles de Ceuta es, literalmente, un lugar de encuentro con Dios. Por eso la solidaridad con quienes se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad no es una opción piadosa entre otras posibles, sino un criterio esencial que define la autenticidad de la vida cristiana.
La respuesta cristiana, por tanto, no puede quedarse en palabras ni en buenas intenciones. Debe traducirse en una acogida real, basada en la igualdad y la dignidad de todas las personas, y concretarse en el acompañamiento cercano, en la atención a las necesidades básicas y en una defensa firme de la justicia. En esta misma línea, el papa Francisco insistió durante todo su pontificado en los cuatro verbos que debían guiar la respuesta cristiana ante la migración —acoger, proteger, promover e integrar— y advirtió reiteradamente contra lo que llamó la “globalización de la indiferencia”, esa tentación de acostumbrarnos al sufrimiento ajeno hasta dejar de verlo.
Solo desde el reconocimiento de la dignidad inviolable de toda persona podremos construir una sociedad más fraterna y cohesionada. Esa defensa exige también nombrar responsabilidades con claridad: garantizar un techo digno, protección frente a la violencia, atención sanitaria y el reconocimiento de derechos a estas personas es una obligación que corresponde tanto al Estado como al Ejecutivo local, la Ciudad Autónoma de Ceuta, cada uno desde el ámbito de sus competencias. No se trata de una opción política discrecional, sujeta a la voluntad o al cálculo del momento, sino de un deber ineludible ante personas cuya dignidad está siendo vulnerada cada día que pasa sin respuesta.
Desde el 30 de julio, la Comunidad Vedruna en Ceuta, a través de la Asociación Elín, sigue el Evangelio caminando junto a estas personas: acompañando, documentando sus situaciones de vulnerabilidad y exigiendo ante las administraciones lo que les corresponde por derecho: un lugar digno donde ser recibidas, protegidas de la violencia y libres del rechazo social. Esta labor se sostiene junto a otras organizaciones de la sociedad civil, entidades de defensa de los derechos humanos y asociaciones vecinales que trabajan codo con codo en el terreno, en una red de solidaridad que intenta suplir, con recursos limitados, lo que las instituciones aún no garantizan. No dejaremos de reclamarlo hasta que se cumpla.
El encuentro con Dios está inseparablemente unido al amor al pobre, al migrante, a la mujer vulnerable, al menor sin protección, a toda persona expuesta al desamparo. Acoger, acompañar y buscar justicia no son gestos secundarios de la fe cristiana: son su expresión más verdadera, la que devuelve a cada persona la dignidad que le es propia por el simple hecho de ser hija de Dios. Que esta crisis, tan larga y tan dolorosa, no nos encuentre indiferentes, sino despiertos, con los ojos y el corazón puestos en quien hoy, en Ceuta, sigue esperando un techo, un abrazo y un lugar donde ser, sencillamente, reconocido como hermano.
Comunidad Vedruna – Ceuta
Más información:
Asociación Elín
Carretera Red Permanente 60 / 51004- Ceuta
Teléfono: +34 606 12 91 24
Página web: asociaciónelín.com
Facebook: Asociación Elín
Instagram: @asociaciónelín