En estos últimos años, este versículo del evangelio de Lucas[1] lamentablemente nos resulta, cada vez más, de rabiosa actualidad.
El incremento de las personas y familias que no tienen un lugar digno donde vivir es palpable tanto si salimos a la calle como si no.
Las chicas que han vivido en nuestra comunidad Vedruna, en Barcelona, nos explican lo que han pasado en situación de calle, en los albergues, etc. Cuando hablamos por teléfono con quienes han estado en nuestra casa nos relatan las situaciones de precariedad que viven en pisos compartidos sin ningún tipo de calefacción, esperando más de una hora para cocinar o para entrar en el baño o habiendo de pasar el día en la calle cuando los otros inquilinos tienen visitas, sea verano o invierno. También cuando nuestras amigas nos explican la dificultad de sus hijos para encontrar un lugar donde vivir para estudiar la carrera que han elegido en Barcelona, o los mismos jóvenes declaran que no pueden independizarse por falta de acceso a una vivienda. O cuando a una amiga nuestra, ya jubilada, le avisaron que debía dejar el piso en el que habían vivido su madre y ella toda la vida, porque el dueño lo necesitaba, y hemos conocido la odisea que ha experimentado hasta encontrar un piso de alquiler que pudiese pagar con su pensión de 1.000€.
Y también al salir a la calle, de día o de noche, cada vez encontramos más personas con sus enseres, sus cartones, sus iglús… Últimamente, mujeres con niños pequeños, aunque estas suelen estar pocos días, y nos gustaría pensar que los servicios sociales o las entidades sociales se hicieron cargo de encontrarles un refugio.
Son unos ejemplos cotidianos de la emergencia habitacional que vivimos hace tiempo y que vemos agravarse. Muchas de estas situaciones son casi invisibles, a menos que conozcamos a las familias y personas afectadas.
Respecto a la situación de calle, tenemos algunas cifras a partir de los recuentos periódicos que hacen las entidades sociales. La noche del 3 de diciembre de 2025, solo en la ciudad de Barcelona, encontraron a 1.982 personas[2], un 43,2% más que en el último recuento de la Fundació Arrels en 2023, aunque no pudieron llegar a todas las zonas de la ciudad. Esto significa que son más de 2.000 personas las que viven al raso en una ciudad donde hay 75.476 viviendas vacías[3]. Con unos cartones, unos toldos improvisados para refugiarse, o unas vallas para protegerse de intrusos, estas personas conviven estas semanas en la calle, sincrónicamente con la música y el bullicio de las personas que realizan las compras navideñas.
Las autoridades públicas reconocen que se trata de una emergencia habitacional. Es de largo recorrido, porque se han demorado mucho en poner los medios para afrontar la falta de acceso a la vivienda. Padecemos las consecuencias de una inacción política acumulada.

Asentamiento de infraviviendas en Barcelona. Fotos: Áurea Nieto

Y sentimos rabia y tristeza cuando algunos políticos desprecian públicamente a estas personas, llamándolas delincuentes o gentuza, como ha sido el caso del alcalde de Badalona. Y, además de estigmatizarlas, agravan su frágil situación cuando, en lugar de prever y ofrecer las soluciones disponibles, cierran albergues y expulsan a las personas del asentamiento en pleno invierno, sin darles alternativas, sin compasión, declarando que “no vamos a gastar ni un solo euro municipal para acoger a esas personas”.
En el caso de Badalona, buena parte de estas casi 400 personas ya habían sido expulsadas de otros asentamientos informales en la misma ciudad en años anteriores o sufrieron en 2020 el incendio de la nave que ocupaban. Hace tiempo que no hay lugar para ellas ni ellos en la posada. Ni siquiera hay lugar en la calle o en el espacio público, que es de todas y todos, o habría de serlo, aún más para quienes no tienen posibilidades de encontrar una vivienda.
Rabia y tristeza también porque, esto ocurre en medio de un barrio sencillo, donde muchas familias sufren diversas situaciones de precariedad, energética, habitacional, dificultad para tener una vivienda digna o para llegar a fin de mes. Y ahí, el representante público hace un frío discurso y promueve una acción que, en la práctica, ignora la humanidad y la solidaridad con estas personas que padecen el empobrecimiento y carga las tintas contras ellas. En su comparecencia pública, de hecho, enfrenta a unas y otras personas y familias, aunque dice que no era su intención. Por una parte, a las que considera vecinas que hay que proteger y, por otra, a las del asentamiento, que “vienen en situación irregular”, son “delincuentes” o “mafiosas” que “no se merecen vivir aquí”.
Por otra parte, ante el desalojo del antiguo instituto B9 no ha habido previsión global de realojamiento, pero su mensaje a los vecinos durante el desalojo no fue improvisado; se preparó ese soporte del micrófono en que se leía: “La ocupación es un delito”. Y en otra ocasión compareció ante los medios con el cartel publicitario de su lema electoral de estos años: “Limpiando Badalona”. ¿Limpiar de personas?
Valoramos que sus declaraciones han sido más moderadas al cabo de una semana y parece que ha dialogado con los vecinos para apaciguar ánimos, cuando se dio cuenta que no dejaban entrar en la parroquia a los expulsados del B9. Y que, a partir de la protesta ciudadana, las diversas administraciones públicas han buscado alternativas. La movida solidaria no deja indiferente a nadie. Ha sido un momento importante de solidaridad y denuncia de esta injusta situación que visibiliza la de miles de conciudadanas nuestras que malviven sin acceso a un techo digno.
Visibiliza también, de diversos modos, nuestra indiferencia y, quizás, en el fondo, muestra que nuestra mirada hacia estas personas no es de igual a igual, de persona a persona. Y que, si no estamos atentas, nos vamos contaminando fácilmente de categorías como los/las que se lo merecen y las que no se lo merecen, las que son consideradas ciudadanas y las que no, como estos días hemos ido oyendo. Creo que ahí está el meollo de la cuestión. Porque cuando las personas nos acercamos, nos conocemos de tú a tú, caen los muros que nos separan y los clichés que a menudo construimos. Y caen las afirmaciones que oímos. Nos damos cuenta de que no lo tienen nada fácil ni tampoco son personas que quieren vivir del cuento, aunque algunos bulos lo van pregonando.
Por otra parte, nos consta que ni los servicios sociales ni las entidades sociales cuentan con los medios necesarios, aunque hagan grandes esfuerzos para que las personas y familias no cronifiquen su situación en las diversas realidades de sinhogarismo. Pero no dan abasto.
Por eso, además de este acercamiento entre las personas, necesitamos un esfuerzo presupuestario público importante, un viraje en las políticas públicas para la activación de alternativas bien probadas como el Housing First, más pisos sociales y más servicios de acogida de emergencia para que nadie haya de vivir al raso. Y, por supuesto, la construcción de nuevas viviendas asequibles. Junto a estas, promover medidas para que las personas, familias, propietarias de viviendas vacías confíen que, si las alquilan sin lucrarse, se va a garantizar que cobren ese alquiler que complete sus salarios o pensiones insuficientes o que podrán pagar la residencia de algún familiar, etc. Ya que muchas familias se encuentran en esa situación. En todos los casos, sea como sea, necesitamos blindar el derecho a la vivienda ante la especulación.
Y, además de modo más general, necesitamos una política migratoria que no criminalice, sino que ayude a la integración laboral y social de las personas; que no deje personas en el limbo, sin documentación para poder trabajar y acceder a una vivienda digna, entre otros derechos fundamentales.
Son diversas las situaciones y diversos los abordajes necesarios, pero, en todos los casos, está claro que, es preciso que tanto nosotras como quienes regulan y hacen ejecutar estas normativas cambiemos nuestra mirada, nos dejemos interpelar por los rostros de las personas que se encuentran en estas múltiples situaciones de sinhogarismo y apostemos por proteger especialmente a las personas y familias vulnerables. Para que tengan sitio. El cuidado que dedicamos a su protección muestra qué tipo de sociedad somos. Es un reto inaplazable para este nuevo año 2026.
Montserrat Fenosa Choclán, ccv
Equipo JPIC de la Provincia Vedruna Europa
[1] Lc 2,7: “[…] y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada”. Sagrada Biblia. versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Pretendo hacer una reflexión a partir de los hechos que suceden, sin juzgar las intenciones.
[2] Cf. https://www.arrelsfundacio.org/es/1982-recuento2025/
[3] Estas suponen un 9.33% del total. En Catalunya, las casas vacías son 418.612, con un porcentaje del 10,69% respecto al número total de viviendas. Son los últimos datos del Idescat, de 1 de abril de 2024. En mayo 2025 había 3.828.307 casas vacías en España, muchas en municipios pequeños, según el INE.