Por Miguel Ángel Martín Ballesteros
Biólogo. Educador Social-Cáritas Salamanca


Esta frase se la escuché decir en una entrevista al gran botánico Francis Hallé. Estaba intentando explicar en qué es diferente la inteligencia de las plantas de la de los animales, y de la nuestra, la de los seres humanos. En ese momento introdujo ese comentario: “Las plantas no mienten, son organismos honestos que mejoran el entorno, a diferencia de la degradación humana”. Esa fue, más o menos, su frase completa. ¡Cuánto nos queda por conocer de nuestras hermanas las plantas!, como diría Francisco de Asís.

Se atribuye a otro gran genio, Leonardo da Vinci, la frase: «No se puede amar lo que no se conoce, ni defender lo que no se ama». Y yo creo que no conocemos a las plantas lo suficiente, y eso nos limita a la hora de llegar a amarlas y, por supuesto, de defenderlas. Es probable que, al leer el primer párrafo, nos haya parecido que estaba fuera de lugar el comentario de la inteligencia unido al concepto planta, o que alguien pueda explicar las plantas suponiéndoles la virtud de la honestidad, o que se les suponga una intención de mejorar su entorno, como si fuesen seres altruistas. Siempre he tenido la sensación de que las plantas son unas grandes desconocidas para un gran número de personas; por eso me voy a atrever a comentar algunos aspectos de sus vidas, en el intento de suscitar alguna inquietud que nos lleve a acercarnos a ellas con “fraternidad”.

Parafraseando a Newton, asumo este atrevimiento porque me he subido a hombros de gigantes. Todo lo que voy a comentar está inspirado en otras personas que han dedicado su vida a investigar y a divulgar sobre el mundo vegetal y la naturaleza en su conjunto. Han sido muchas. Al final del artículo voy a nombrar algunos escritos que me han inspirado y ayudado a revincularme de nuevo con las plantas, a las que me ligué hace muchos años cuando era niño, y después cuando estudiaba en la universidad de una forma más académica y profunda.

Las plantas son lo más. Nuestros recuerdos están llenos de plantas. Nuestra mirada está llena de plantas. Allá por donde vayamos es raro que no nos encontremos con una planta, incluso en los lugares más inhóspitos. A veces es necesario mirar con mucho detenimiento, pero ahí están. Hay plantas por todos lados, incluso en el fondo de los mares.

Lo extraño de todo esto es que suele ocurrir que ni nos demos cuenta de que las plantas están ahí y de que llevan mucho tiempo estando ahí. Muchas veces las consideramos decoración obligada o paisaje sin más. Si nos ponemos a pensar un poco, es posible que esta reflexión tan poco profunda nos lleve a una sencilla conclusión: ¡hay muchas plantas! Y es verdad, hay muchas plantas, tantas que es la forma de vida más extendida por este planeta. En realidad, se calcula que más del 80% de la biomasa terrestre son plantas. Es decir que, si cogemos a todos los seres vivos, sean de la forma que sean, y los pesamos según al grupo al que pertenezcan, el 80% del peso total son plantas (450 Gt de carbono), 1000 veces más que la que corresponde a los animales. Las plantas son la forma de vida con más éxito. Podrían sobrevivir sin los animales; nosotros, los animales, no podríamos sobrevivir sin plantas. Las plantas son lo más, lo que más hay.

Las plantas son eternas. Según la RAE, la eternidad es la “perpetuidad sin principio, sucesión ni fin”. Entonces no, las plantas no son eternas, no tienen una existencia infinita, y si tienen un principio. Pero si nos miramos a nosotros mismos, los seres humanos, que cada vez sobrepasamos más los 100 años de vida, e intentamos compararlo con la vida de algunos árboles, seguro que nos sorprendemos.

Algunas especies de pino, como el Pinus longaeva, tienen ejemplares que nacieron cuando los humanos iniciábamos la Edad de Bronce, hace casi 5.000 años. Hay algunas especies de árboles más que llegan y superan los 5.000 años de antigüedad. Como dicen los científicos, estamos hablando de organismos no clonales y, desde mi punto de vista, se acercan a algo que para las personas puede parecerse a la eternidad.

Pero hay árboles, como la Picea abies (la picea común), que son capaces de ir regenerando sus troncos a lo largo de su vida y mantener la misma raíz de la que van rebrotando. Nos enseñaron en la escuela que las plantas tienen raíz, tallo, hojas y flores, pero no nos explicaron muy bien que cada una de esas partes es también la planta (esto lo intentaré explicar al comentar el siguiente aspecto). A esta capacidad de regenerar sus partes se la conoce como clonación. Pues bien, algún ejemplar de picea común del norte de Noruega nació cuando terminaba la última glaciación y los seres humanos empezábamos a ver la utilidad de las piedras dando origen a ese periodo de la prehistoria que llamamos Neolítico. Esto ocurría hace cerca de 10.000 años, un poco más de eternidad.

Pero esto no es todo. La capacidad de regeneración y clonación de los árboles es algo que cada vez estamos conociendo más; ya se sabe que hay “colonias clonales” que forman bosques. O sea que hay bosques, formados por cientos de troncos, que son un mismo organismo. Las raíces son algo así como una inmensa red que poco apoco se ha ido extendiendo, pero cuyo origen es de una única semilla. El bosque llamado “Pando” es una de estas colonias surgida a partir de un único álamo temblón (Populus tremuloides) en Estados Unidos, y ese álamo nació en plena edad de hielo, cuando el Homo sapiens empezó a expandirse fuera de África y los neandertales estaban en pleno apogeo en Eurasia. Eso ocurrió hace 80.000 años, y aún sigue vivo. Si esto no es ser eterno, seguro que se le parece mucho.

Un árbol no es un individuo. Una diferencia clara entre las plantas y los animales es la forma y disposición de los órganos vitales. Más o menos sabemos cuáles somos capaces de reconocer como nuestros, dónde están y cómo funcionan. Probablemente nos cueste más reconocer y ubicar los de las plantas.

Sabemos que las plantas tienen las mismas funciones que nuestros órganos, distribuidas por todos lados. Desde la última raicilla hasta la hoja más alta, pasando por los tallos más finos, son capaces de funcionar casi independientemente. Esta capacidad es la que hace que si un árbol pierde una rama pueda seguir viviendo, incluso si cortamos su tronco. Es más, esta organización es la que hace posible que de esa rama cortada nazca “otro árbol”. Perdón, quise decir “el mismo árbol” pero en otro lugar. Ya hay muchos investigadores que consideran que un árbol no responde al concepto de individuo que manejamos habitualmente, sino más bien al de colonia. Un árbol es una colonia.

No quiero hacer muy extenso este artículo. Mi idea es provocar la curiosidad y despertar el interés por conocer a nuestras omnipresentes “vecinas” las plantas, o abundar en él. Quedan muchos aspectos de los que podríamos hablar, todos ellos muy sugerentes y sorprendentes desde mi punto de vista. Os dejo algún titular: metafóricamente nos gusta decir que las plantas son capaces de sentir, y lo son realmente, tienen los mismos sentidos que nosotros y muchos, muchos más; las plantas pueden recordar, tienen memoria, y actúan en consecuencia; hay plantas que pueden contar, porque por supuesto son inteligentes, a su manera vegetal, una manera que hace que manipulen a algunos animales, entre ellos a los hombres; eso que a las personas nos parece tan moderno como es la conectividad ellas llevan siglos utilizándolo, llevan siglos comunicándose por el aire, por la tierra, hablando entre ellas y con otros organismos; se cuidan unas a otras; y se mueven, se mueven más de lo que nos parece, se desplazan y han sido capaces de desarrollar el don de la ubicuidad. En otro momento podemos hablar de estas cosas.

Para terminar, quiero recordar algo que se parece que se nos ha olvidado, o se nos está olvidando, y que Francisco nos volvía a recordar en su encíclica Laudato Si: la naturaleza es sagrada, tenemos que recuperar esta conciencia. Es más, el origen de los seres humanos está en los bosques, hemos sido parte del bosque, aunque nos hemos ido alejando de ellos. Y hay algo que no debemos olvidar de este origen: un bosque es una comunidad. Una comunidad en la que las plantas son la parte fundamental. Una comunidad en la que todo está relacionado y equilibrado. Una comunidad en la que hasta la parte no viva tiene su función y su sentido. En este mundo en el que lo comunitario se hace muy difícil, no está de moda, deberíamos reivindicar a los bosques como modelo, y a las plantas como ejemplo.

La esperanza también es vegetal. Reivindicar a las plantas no es solo un ejercicio de curiosidad botánica; es una necesidad urgente para nuestra propia supervivencia. Como bien señala Stefano Mancuso, el futuro será vegetal o, simplemente, no será.

Os propongo que nos acerquemos a nuestras “vecinas”; que observemos con detenimiento los árboles, los arbustos y las hierbas que nos rodean; que recuperemos esa mirada sagrada de la que hablaba Francisco; que leamos a los que tienen el don de explicárnoslas; que ejercitemos también la mirada que nos permita no solo ver madera y hojas, sino la red de cooperación más antigua y exitosa del planeta, donde lo comunitario prevalece sobre lo individual, donde la «honestidad» biológica mejora el entorno en lugar de agotarlo y donde la conexión es la base de la vida. Porque al final, conocerlas es el primer paso para amarlas, y amarlas es la única forma de salvarnos con ellas.

Para quienes deseéis profundizar en esta «fraternidad» con las plantas, sugiero asomarse a las obras de estos «gigantes»:

  • Francis Hallé escribió “Elogio de la planta”, un libro fundamental para entender que las plantas no son animales «que no se mueven», sino seres con una lógica biológica y una arquitectura fascinante.
  • Stefano Mancuso en “El futuro es vegetal” nos enseña cómo las plantas han encontrado soluciones brillantes a los problemas de supervivencia y cómo deberíamos imitarlas. Y en “La inteligencia de las plantas” explica cómo las plantas sienten, se comunican y resuelven problemas complejos sin necesidad de un cerebro centralizado.
  • Peter Wohlleben en “La vida secreta de los árboles” nos regala una explicación amena sobre cómo los árboles se comunican a través de las raíces (la red que mencionábamos) y se cuidan entre ellos.
  • Hope Jahren en “La memoria secreta de las hojas” nos regala una obra maravillosa que entrelaza la ciencia con la vida personal de la autora, mostrándonos la resistencia y la magia de las semillas y las raíces.
  • Maurice Maeterlinck escribió “La inteligencia de las flores”, un clásico indispensable donde el Premio Nobel de Literatura explora, con una sensibilidad exquisita, los ingeniosos mecanismos de las plantas para perpetuar la vida.
  • Del Papa Francisco, de su encíclica Laudato Si’, recomiendo especialmente el capítulo sobre la «Ecología integral», que nos invita a recuperar la visión de la naturaleza como un hogar común y sagrado.