«Corramos a aferrarnos a la esperanza que tenemos por delante. Esta esperanza es para nosotros como un ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá del velo, adonde entró Jesús como precursor por nosotros». (Hebreos 6, 18-19)
El 12 de julio celebramos el Día Internacional de la Esperanza, una fecha que nos invita a reflexionar sobre ese sentimiento tan poderoso y necesario, especialmente en tiempos difíciles. En este, nuestro mundo donde los conflictos bélicos suman entre 50 y 60 guerras de alta intensidad, además de más de 110 a 130 conflictos armados activos, hemos compartido el inmenso dolor de los terremotos en Venezuela, donde los incendios devastan comunidades, dejando pérdidas irreparables, personales económicas y ecológicas, donde continua la crispación política, el problema de la vivienda, y otros muchos más que conocemos y nos preocupa… ¿Cómo podemos hablar de esperanza sin caer en la ingenuidad? La respuesta está en entender que la esperanza verdadera no es un simple consuelo vacío, sino una fuerza honesta, decidida y compartida. Porque la esperanza no niega lo que duele.
En primer lugar, es crucial reconocer que la esperanza auténtica no tapa las heridas ni suaviza las injusticias. No funciona como un filtro que oculta el sufrimiento o la tristeza. Más bien, nos permite mirar la realidad con ojos claros, sin endurecernos ni perder la sensibilidad ante el dolor ajeno. Cuando conectamos con la situación del pueblo venezolano, por ejemplo, o con tantas personas en distintas partes del mundo que enfrentan situaciones desgarradoras, sentimos una mezcla de impotencia y tristeza. Pero también emerge un deseo profundo: que la vida sea más justa, más humana, más digna y que todos aprendamos a cuidarla, a preservarla.
La esperanza es, en esencia, una chispa escondida bajo los momentos de desesperación, del cansancio o de los días grises. Es el imán que atrae la lluvia del espíritu, invitándonos a no rendirnos. “Aunque el agua de tu arroyo se haya secado, no pierdas la fe. Aquel que hizo brotar la fuente desde la roca viva, puede hacerla correr de nuevo. Mantén tus ojos fijos en el cielo del Amado. La esperanza es el imán que atrae la lluvia del espíritu. Sigue cavando tu pozo, porque el agua está allí, esperando el momento de abrazar tu sed». Yalal ad-Din Muhammad Rumi, en su bello poema, nos recuerda que la esperanza está íntimamente ligada a la confianza absoluta (Tawakkul) en el Amado (Dios).
Un mensaje lleno de fuerza, que nos da ánimos, pese a todo. Por eso, debemos mantener la mirada fija en ese cielo del Amado, y seguir cavando nuestro pozo, pues el agua está allí, esperando para saciar nuestra sed. La esperanza es el puente que construimos hoy para cruzar los abismos del mañana, una herramienta vital que nos conecta con el futuro que anhelamos.
También Eduardo Galeano nos recuerda, en su precioso texto “Los fueguitos” (El libro de los abrazos, 1989), que la esperanza es como un mar de fueguitos, pequeños destellos que, juntos, iluminan la oscuridad. Cada persona que cuida, acompaña, defiende o escucha enciende una chispa que se multiplica. Esa esperanza no es ingenua ni aislada; es compartida, colectiva, y tiene la capacidad de transformar realidades. Cuando parece que, los problemas, las situaciones o las noches son demasiado largas y pesadas, esa luz pequeña se convierte en el horizonte que nos impulsa a seguir, porque ninguna noche, por más oscura que sea, logra derrotar al amanecer. Un mar de fueguitos encendidos por la solidaridad, porque la esperanza no es individual, sino la pasión, la alegría y las ganas de vivir que algunas personas tienen, ese poder para «encender» a los demás la SOLIDARIDAD.

Algo que debemos interiorizar, siempre, pero hoy más que nunca, es «cultura del cuidado de la naturaleza», que en España se articula de manera oficial y técnica a través del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), en colaboración con otros ministerios como el de Derechos Sociales. Algo que lamentablemente nos lo ha recordado el incendio y las muertes de personas en el terrible incendio de Los Gallardos y Bédar (Almería) el pasado mes de julio, o los de Tarragona, Galicia, Teruel, Burgohondo… ¡Pongamos todos de nuestra parte! Seamos civilizados, educados y solidarios con todo lo que gira entorno a nuestra tierra más cercana y su cuidado, para evitar grandes tragedias. ¡Todo es nuestro! Y hemos de cuidarlo, por los que vivimos allí, en cada zona y por los que vendrán. No nos dejemos llevar por la apatía, el desanimo o la terrible indiferencia.
Hagamos un acto de rebeldía comunitaria: ¡mantengamos viva la esperanza!
En un tiempo marcado por tragedias y desafíos globales, que no es peor que otros ya vividos, la humanidad ha pasado ya por muchas catástrofes. La esperanza se presenta como la última y más poderosa de los actos de rebeldía, de resistencia, ante el “mal” que parece imponerse a toda costa.
No es un simple deseo pasajero, sino un compromiso profundo con la vida, con la justicia y con la humanidad. Es un acto de valentía diaria que nos invita a no soltar la posibilidad de un mundo mejor. Porque, aunque las circunstancias nos duelan, la esperanza es el faro que nunca deja de brillar, ese pequeño fuego que, cuando se une con otros, tiene el poder de iluminar el camino hacia un horizonte distinto. Así que, recordemos que sí, que podemos y debemos mantener la esperanza, siempre.
«No te desesperes. Toda la medicina que necesitas se encuentra en tus heridas. Cuando el mundo te arrodille, recuerda que estás en la posición perfecta para rezar. Después de una larga noche de invierno, llega la primavera. Después de la oscuridad, sale el sol de la mañana. La esperanza es la puerta que nunca se cierra». Yalal ad-Din Muhammad Rumi
Os invitamos a ver un vídeo que nos ha llegado en estos días:
Equipo de JPIC- Vedruna Europa
Imagen de apertura: Creative Commons. Cuerpo de Bomberos del Ayuntamiento de Madrid